Relatos de Puerto Madero - MALA IDEA
   
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borrachos

MALA IDEA   cuento corto

Cerré el libro que había estado leyendo por más de una hora. En mis ojos cansados había quedado grabada una frase de la Odisea: "No pretendas, Ulises preclaro, hablarme con dulzura de la muerte..."

En todo caso —pensé— la muerte es una transición, un cambio, un desenlace, una crisis. Los griegos usaban la palabra crisis también en el sentido de castigo y de tribunal de justicia.

Me saqué los anteojos y mientras revolvía el café, el "Pelado" vino a sentarse a mi mesa. Comerciante de toda la vida, calculador, avaro por principios, hablador, prolijo y creído de sí mismo, era el dueño de la cafetería donde estábamos.

me saludó y le pidió a su empleada un té con edulcorante. —Tengo que tomar el anticoagulante —dijo.

Cuando me llevé la taza a los labios, miré al Pelado que estaba hipnotizándose con el incesante ir y venir de la gente en la vereda. Sentí que él estaba conmigo, pero a la vez estaba en otro mundo, como enfrascado en una idea que lo mantenía preocupado.

(Si éste viene a sentarse aquí conmigo, es que algo quiere pedir o contar) —calculé.

Cuando llegó su té, me dijo: —Ché, ¿Te acordás del predio que tengo del otro lado de la vía? Allí hay una casa y una canchita de fútbol. Se me fue el viejo que vivía en la casita. Él era el que controlaba a los que alquilaban la cancha por horas.

—¿Y por qué se fué?—pregunté.

— Y, porque aparte de vivir gratis allí y quedarse con algún peso del alquiler de la cancha... ¡mirálo vos! ¡quería que yo le pagara un sueldo! ¡Estaba loco!

 —Mirá Pelado, quizás te robaba alguna moneda porque pensó que su tarea merecía una paga y vos no se la reconociste. ¿Y ahora quién ciuda el lugar?

—Nadie. Ya entraron dos veces a la casita.

—¿Te robaron?

—Entraron y se tomaron todo lo que había en la heladera. Se comieron todo. Y yo sé quién es. Porque entraron varios, pero el cabecilla es el "Lacra", ese morocho de allá del fondo.

—¿Y por qué dejás bebidas en la heladera? Debiste sacar todo y desenchufarla.

—No me dieron tiempo. El viejo que se fué las dejó allí. Él les vendía bebidas y choripán a los que venían a jugar.

—¿Y qué pensás hacer ahora?

—¡Já! ¡Ya lo hice! Puse en la heladera dos botellas de oporto "El Abuelo"... así se emborrachan bien.  Pero...—(se acercó poniendo una mano como reparo en su mejilla) y me dijo al oído: —...preparé las botellas con cianuro. Lo voy a cagar a ese hijo de puta del Lacra. Como el vino es dulce, él no va a notar que tiene veneno.

—¿En serio hiciste eso?

—Siií.

La cafetería se había llenado de gente. El Pelado se fue a su sitial en la caja registradora.

Yo dejé unas monedas en la mesa y crucé la calle pensando en la frase de Homero: "...no me hables con dulzura de la muerte..."

En un momento llegué a pensar que si el Pelado me odiaba o envidiaba, mi café también podría tener veneno.

Pero me hubiese muerto al instante —me consolaba— porque así es el cianuro.

Durante toda la mañana estuve pensando en la atroz conducta del Pelado. ¿O todo era fruto de su mitomanía perversa? Yo no podía relacionar un supuesto daño, equiparable a robar una mandarina al vecino, con la inmensa injusticia de una muerte arbitraria llevada a cabo con gran cobardía y sin oportunidad de defensa.

Al día siguiente el Pelado con una sonrisa de éxito me hizo una seña desde la vereda de enfrente y gritó: —¡Entraron otra vez! ¡Y se tomaron todo!

Yo no tomé café esa mañana.

Me fui a la Estación. Pude ver que no había movimientos en la Comisaría. Pasó un patrullero como siempre.

—En cualquier momento se destapa todo— me dije— ¿Pero quién culparía al Pelado mañana?
Yo lo conocía bien al Pelado. Aquí no habría lugar para el arrepentimiento, porque para eso hay que sentir piedad de sí mismo, y eso no era para él.
Y menos habría lugar para el remordimiento, porque al ser ese un sentimiento que debería hacerle sentir desprecio por él mismo... lejos estaría esta vez.

El café en lo del Pelado era una rutina difícil de alterar. Allí fui otra vez a leer. A leer el diario, basta de filosofía griega.

A esta altura de los hechos el Pelado ya me consideraba su padre confesor, y hasta su cómplice. Entonces yo me cuidaba de acusarlo de irresponsabilidad temeraria porque yo ya sabía de su obsecación, del fanatismo de quien ha incorporado conductas por impulsos exentos de reflexión y no por el raciocinio redentor.

En resumen, el Pelado ya estaba preso de su propia ansiedad que aumentaba a cada minuto.

¿Ya murió alguien? ¿Cuántos murieron? ¿Adónde cayeron los cuerpos? ¿Ya estarían velando al Lacra? Porque según el Pelado, el Lacra había estado seguro otra vez allá.

Yo vislumbraba que el Pelado mismo ya había entrado al reino inferior de los griegos, la mansión de Hades.

—Ché Pelado, vos ya andás por el Campo de los Asfodelos —le mandé con sonrisa.

—¿Qué es eso? —preguntó con el gesto de quien está pagado de sí mismo y nada se le puede objetar.

—Mirá, decían los antiguos griegos que cuando uno muere ingresa al mundo de ultratumba. Allí Hades, el Señor de los Infiernos tiene su Palacio. Y luego de cruzar el Pantano fétido, cuando ya no te preocupan los cinco ríos subterráneos, se entra en el Campo de los Asfodelos, de los lirios.

Allí uno cree haber alcanzado el cielo... por la belleza de esos lirios. Pero no. Porque muy atentos y vigilantes están los tres Grandes Jueces: Minos, Radamantis y Eaco. Ellos mandan a los heróicos al Elíseo y a los malvados al Tártaro.

—Tomá Pelado, aquí te dejo la Odisea para que busques en el Libro XI —le dije dejando el libro junto a la caja registradora.

—¡Ni me importa! ¿Cómo dijiste? ¿Campo de los Boludos?

—No Pelado... Campo de los As-fo-de-los.

En ese momento se abrió la puerta del boliche y entró el Lacra en persona.

El Pelado lo miró. Me miró a mí. Y cayó fulminado por un rayo.

Con ayuda del Lacra socorrimos al Pelado sin poder reanimarlo.

El Lacra soplaba rítmicamente en la boca del Pelado. Yo le oprimía y aflojaba el pecho con cuidadosa cadencia.

El Pelado no volvía. (Y si volvió y vió al Lacra "besándolo", se murió por segunda vez.)

(¿Tendría aliento a vino la boca del Lacra?)
No pude preguntárselo al Pelado que yacía exhausto.

Ni me había dado tiempo de decirle que la glucosa del vino oporto se combina con el cianuro y se forma cianhidrina, que es inocua. Y que el Lacra no venía del infierno. Que no había pasado nada.

Cuando llegó la ambulancia y el patrullero, el Pelado ya estaría entrando al Tártaro, ...al pedo.

Me senté, pedí un café a la chica y escribí todo esto en las hojas en blanco de la Odisea, reservando el verdadero título para revelarlo al final...  por aquello de no romper el suspenso:

           "EL VIVO, MUERTO... Y EL MUERTO, VIVO"

____copyright®miguelpizzio__________Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina

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