
fotoMoriueNobuo
escuerzo albino cornudo
EL ESCUERZO
Un escuerzo vivía en la cueva que su mamá había excavado en la tierra, y pasaba sus horas añorando el vuelo de seres que le parecían alucinantes y superiores a él mismo.
Muchos incautos confundían a este batracio con un sapo inofensivo y no sabían que era portador de letal veneno.
Este anuro batracio escuerzo albino cornudo se llamaba Guillermo, pero nunca pronunciaba su verdadero nombre, pues despreciaba la lengua que se hablaba en el pantano y se hacía llamar Bili. Y le pegaba, por su carácter bilioso y grosero.
Todos los días Bili Scuerz miraba sus poderosas patas y sus colores en el espejo, alardeaba de ser una raza superior y despreciaba a los demás batracios considerándolos seres inferiores. Miraba su dentadura de parejos dientes y la veía bella. (Había olvidado que la Ortodoncia los había colocado en fila, aunque el bruxismo los convertiese diariamente en víctimas).
Uno de los incautos que confundieron al escuerzo con un sapo y que siempre pasaba volando, fue un bicho de luz al que le decían "Kuñado". Pobre Kuñado, corría tanático peligro.
Bili Scuerz escondía sus feroces dientes y adornaba su cara de batracio con sonrisas. Se limitaba a adular a todos y pedir favores. Y poco a poco iba inquiriendo sobre la vida y sus secretos, porque sentía que Kuñado, ser luminoso, al saber volar, había aprendido todo lo que su propia condición rastrera le negara.
No ignoraba Bili Scuerz que su amigo andaba siempre entre dulces y laboriosas abejas, coloridas mariposas y diosas luciérnagas. Él escuchaba decir por allí que Kuñado, el luminoso bicho, era un romántico y sabio.
Y empezó a preguntar a otros batracios cómo hacer para dañar las alas de Kuñado, o al menos impedir que emitiera luz. Hasta que urdió una trampa con los favores de una mariposa traicionera, a quien colmó de regalos y amores.
Bili Scuerz pasaba horas rabioso y con los ojos cerrados, para negar así que su amigo brillara.
Le molestaba sobremanera que el volador luminoso visitara lugares y hablara lenguas que sólo otros seres del aire comprendían.
Como Kuñado hubo visto la mirada ensombrecida de Bili y escuchado sus reiteradas quejas por vivir en una cueva, intentó explicarle las ventajas de tal vivienda excavada en la noble tierra, figura materna por antonomasia.
—Debes conocerte a tí mismo, —le dijo— acepta tu condición y desde allí tiende a la perfección.
Como la intuición le indicara peligro, Kuñado alentó al escuerzo rabioso a ser mejor cada día, previniéndolo de no cabalgar sobre la envidia.
Llegó el día en que mamá batracia mandó a su escuercito al Industrial Otto Krause, lejos del pantano. Allí todos miraron al "escuerzo de otro charco" con desprecio, tal cual él hiciera con todos. Terrible experiencia para el siniestro anuro. Allí no pudo otra cosa que desarrollar su capacidad de preparar "machetes" y otras técnicas para copiarse y aprobar los exámenes, haciéndose experto en coimas y transgresión de toda norma.
Cuando la cosa se hizo insostenible, el luminoso amigo abría la mente y los ojos del rastrero para que él solo sin ayuda pudiese dominar el Dibujo Técnico.
En la primera lección el pequeño bicho de luz le pidió que no apoyase su fría y gorda panza sobre los planos, y lo instaba a tener una mirada esclarecedora ante cada problema, dejando de envidiar a los otros dibujantes y dedicándose a lo propio.
Pero de tal manera reptaba Doña Envidia, que Bili Scuerz aumentó sus exigencias de todo tipo en la amistad, lo que lo convirtió poco a poco en deudor moral de Kuñado.
Y ésto aumentó la envidia en forma acelerada en lugar de menguarla.
Una tarde el pequeño Kuñado llegó volando e iluminando.
Y el batracio lleno de rabia, con un movimiento asesino, extendió su lengua pegajosa y tragó a su amigo de un bocado.
Sorprendido el bicho de luz gritó: —¿Crees acaso que siendo yo tu alimento a tí te crecerán alas? El camino para que te crezcan es la lealtad en la amistad y conocerte a tí mismo.
Perplejo e indeciso Bili Scuerz sintió carraspera en la garganta y abrió la bocaza, pues no aguantó tener luz dentro de sí.
Kuñado salió limpiándose la baba de sus alas.
Tiempo después, tras largo peregrinar por diferentes cuevas construídas por el esfuerzo ajeno, Doña Envidia había agrandado su territorio e inyectó en Bili Scuerz una insaciable avidez por lo material. Así perdió amigos, quedando a su alrededor un grupo de advenedizos por conveniencia y hermanitos escuerzos inconcientes de ser estafados. Hasta un hijito de Kuñado fue tildado de "intruso", pues el avariento batracio consideraba los cielos como propios. Y como suele suceder en las enfermedades autoinmunes, el veneno que en su cuerpo anidaba, aniquiló al batracio, quien al momento de expirar gritaba como un energúmeno:
—¡Maldiiito Kuñaaado! ¡No brilles maaaás!
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